Señora de las 4 décadas (Parte 2)

-Quien diría que terminaría metido en la cama con una mujer que puede ser mi madre por su edad- comente.
-Pero no lo soy- me respondiste. -Sólo relájate y déjame disfrutar de este instante, tal vez mañana te arrepientas y no quieras verme de nuevo.-

Yo no lo niego, lo que en un pasado siempre dije “Con una vieja, nunca” me estaba tragando mis propias palabras. Tu solo me pediste que me relajara nuevamente. Empezaste a besarme desde el cuello con total sutileza, acompañados de caricias con unas manos muy bien arregladas recuerdo, uñas impecables, y una frescura única en tus dedos. Besaste mi pecho, mordiste un poco mi hombro izquierdo… Como tanteando la zona. Seguiste bajando hasta llegar a mi abdomen y sonreíste, me mirabas fijamente, y sosteniéndolo en tu mano derecha me dijiste: – Se que mueres por que lo haga-
Sólo coloque mi brazo sobre mis ojos y dije en voz susurrante: – Diooooos!! – y deje que tu boca hiciese su mejor trabajo. Fue fascinante cuando sentí el calor de tu boca y el movimiento de tu lengua. Todo empezó tan dulcemente, sutil, explorando cada centímetro de mi miembro. Yo solo podía respirar profundo… Y disfrutar. Aunque por un instante sonreí… Es que vino a mi mente un recuerdo de adolescente. Un amigo del liceo me dijo una vez: -“Hermanito, cójase una vieja, es lo más bueno que hay, yo se por que se lo digo”.
Apenas estaba empezando la noche y yo ya le daba crédito a mi amigo por tan grandioso consejo. De pronto decidiste ofrecer algo que a muchos hombres nos encanta: un 69. Te posicionaste encima de mi… Mis manos sujetaban tus grandes caderas mientras mi lengua jugaba contigo. Tu seguías ofreciéndome un sexo oral descomunal, sabías con detenimiento mis puntos débiles, la experiencia se ponía de manifiesto. Recuerdo como me gritabas en algunos momentos: ¡No pares! ¡No te detengas por favor! Hasta un punto donde casi ni te salió la voz… Sólo un largo y placentero gemido, acompañado de unos suspiros, apretabas tu pelvis a mi cara, casi me dejabas sin respiración. Decidiste cambiar de posición inmediatamente, y te colocaste tipo “perrito”. Sólo ver tu cintura y esas grandes caderas era suficiente razón para volverse loco del deseo. Aunque todo se me torno más explosivo cuando escuche algo que hasta ese momento ninguna mujer me había dicho: “-Soy tu puta papi… cojeme rico”.
Primero sonreí, por un momento creí haber escuchado mal, pero cuando lo volviste a repetir… Una ola de lujuria me invadió… Siempre creí que a las mujeres les gustaba palabras dulces solamente. Que gran equivocación. ¿Recuerdas que me pedías que te lo dijera? -Eres mía- te dije primero. Y me dijiste que asi no tenia la misma fuerza o intensidad, que era:”¡Eres mi puta!

Mientras más lo decía más energía se apoderaba de mi. Como si se recargara mediante esas tres palabras. Tu solo gemías y suspirabas, mientras arrancabas las sábanas de la cama y mordías la almohada.
-¡No pares por favor! Seguías diciendo, mientras las gotas de sudor empezaron a brotar de mi frente, hasta el punto de caer encima de ti…
De pronto me pediste que no me moviera, decidiste tomar el control de los movimientos tu misma, un ir y venir dulce y suave, en otros instantes acelerabas la velocidad e intensidad. Yo sentía que iba a explotar. Con sólo mirarme sabias que estaba a punto de llegar. Así que decidiste empezar a gemir más fuerte y gritarme: -COJEME DURO PAPI… Quiero llegar contigo!!-
Fue increíble como los hombres nos activamos con palabras que nos hagan sentir que tenemos el control. Mis manos apretaron tus nalgas con fuerza y después de varios movimientos agresivos simplemente no aguanté más… Te dije: -Me vengo- y sentí como tu sexo me apretó y me hiciste explotar de placer… Caí sobre tu espalda, mi cuerpo estaba tan sudado que resbalaba por tu cuerpo. Quede sin aliento. Sonreíste y dijiste: Descansa un poquito mi niño, que la noche apenas empieza…

Continuara…

 

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