Vos sos de donde…

Como olvidar esos hoyitos que se hacen en tus mejillas, esa sonrisa que llenaba de alegría mi día cada vez que te acercabas a mi. Y esos ojos con largas pestañas que tanto me encantaban. Esa timidez casi de niña inocente que invadía tu personalidad, que sólo tus altos tacones, esos jeans pegados y una que otra blusa escotada podrían contrariar la escena. Tenías esa fórmula para seducirme, me hiciste verte como una joven inocente e ingenua de un pueblito alejado de esta gran urbe. Y una vez me tuviste en tus manos me mostraste que las gochas tienen ese poder de envolver cual planta carnívora a su presa. No puedo olvidar especialmente esa noche, el día que logramos olvidar prejuicios, sólo pensamos en nosotros y llevar a cabo lo que por muchas noches solo había sido largas conversaciones y fantasías eróticas por mensajes de texto. Después de bailar juntos, después de sentir el perfume de nuestras pieles, después de tantas miradas, tantas provocaciones, tomamos la decisión. Decidimos irnos a mi habitación y olvidarnos de la fiesta. Aprovechar que todos estaban distraídos con los tragos y la música. Entramos a la habitación, los besos fueron los primeros en aparecer, esos besos dulces, suaves y lentos. Que fueron cambiando a besos más largos y prolongados, esos besos a lo francés, esos que se salían de tu boca para besar tu cuello, tu oído, y decirte de una vez por todas: “Esta noche serás mía”
Empece a tocar todo tu cuerpo como queriendo descubrir con mis dedos cada milímetro de ti. Lanzarte a mi cama era inevitable, estar sobre ti lo que más deseaba. Hacerte el amor con la ropa… Sólo duraría un instante. Quería estar seguro que no tocarían a la puerta de la habitación para saber de nosotros. Y efectivamente así fue. Una de nuestras amigas toco la puerta para saber de ti. Me levante y le dije que todo estaba bien, ¿recuerdas? Ella se asomó, te vio y sólo dijo: “¿Por que están aquí? Deberían ir a bailar allá afuera” y mirándome a mi me dijo: “Hermanito, que le quieres hacer a la Gocha” y yo sonriendo y casi que sacándola del cuarto le dije: “Nada que ella no quiera, así que adiós…” Y cerré la puerta nuevamente y esta vez si me mentalice en empezar hacer lo que queríamos…

Allí estabas, sentada en la cama, mirándome fijamente, podía sentir tu emoción y nervios, así que sólo fui acercándome a ti, tumbando mi cuerpo hacia el tuyo, y acostándonos suavemente en la cama, besándonos con gran pasión, acariciándonos con ternura, después de tanto esperar por fin podemos tener unos minutos a solas y sin temor a ser vistos. Así que te di vuelta y quedaste sobre mi, mis manos se metieron por debajo de tu falda, así acariciando la piel de tus caderas, podía notar el pequeño hilo que traías puesto. Te levantaste levemente y bajaste la parte superior de tu vestido, dejando al descubierto tus pechos, mis manos cambiaron inmediatamente de lugar, y empezaron a sentir esos firmes y naturales senos. Y mi boca sin quedase atrás se unió a las caricias, ver la expresión de tu cara era emocionante, escuchar tu respiración, sentir tu aliento me hacia elevar y desear no dejar de besarte, esos ricos labios, dulces como la miel, jugosos como morder una rebanada de patilla. No dejábamos de comernos a besos, cada instante era más intenso, más apasionado. Cuando menos me di cuenta, ya estabas desabrochando mi pantalón y diciéndome: “Ya quiero ver y sentir lo que tienes aquí abajo” ¿recuerdas? Así que inmediatamente me dispuse a complacerte. Sólo puedo confesarte que cerré los ojos, y mis manos se aferraron a las sábanas, ya que tu boca tenía el poder de hacerme perder el control. La forma en como jugabas con tu lengua y tus labios, me volvían loco, las caricias con tus manos por todo mi cuerpo mientras disfrutabas de hacerme un oral, me llevaban a que mi respiración se acelerará. Estaba tan sensible que sólo tu respiración o tu voz cerca de mi sexo era suficiente para hacerme excitar. ¿Recuerdas el instante donde tome la almohada para poder morder y gritar? Y tu con una gran sonrisa me decías: “Así te quería ver, ahora soy yo quien te tiene dominado”.
Fue cuando decidí hacer lo mismo por ti, y me dispuse a cambiar de posición donde ambos podíamos demostrar nuestras habilidades orales…
Te quite ese pequeño hilo que llevabas puesto. Me dispuse primero abrir tus piernas, se que estabas nerviosa. Podía sentirlo. Mi mano empezó a explorarte primero… Así podía ver tu expresión. Cuando uno de mis dedos te toco… respiraste profundo y te aferraste a mi sexo con fuerza y lo llevaste a tu boca nuevamente, y cada vez que mi mano te penetraba, tu te lo llevabas a la boca.  “No pares…” dijiste con voz firme y pronunciando  mi nombre completo, esto me dio un morbo increíble, así que no me detuve en ningún momento. Sincronizamos nuestros movimientos y nos entregamos en un baile horizontal de deseo y placer. Yo me aferraba a tus cadera, a tus nalgas con ambas manos, tu acariciabas mis testículos mientras tu boca se aferraba al placer de mi sexo. Ya estábamos muy calientes y lubricados, te acostaste boca arriba, y me subí sobre ti, empezaste a sentir el calor de mi sexo penetrándote con mucha suavidad, no te quejaste en ningún momento, solo un suspiro después que ya me encontraba dentro de ti. Entrelazamos nuestras piernas. Entrelazamos nuestras manos. Nos besamos profundamente, degustando cada beso. De verdad que fue muy placentero sentirte mía por primera vez. Fue una noche cargada de lujuria, de ternura, de un deseo incontrolable. Lo que empezó con besos robados ya era una realidad.  La mujer que tanto fantasee sentir y tenerla en mi cama, se encontraba haciéndome el amor con gran pasión. Terminamos exhaustos, fueron largas esas horas. Terminamos abrazados durmiendo juntos. Sintiendo el perfume de tu piel, deseando que no amaneciera, para que no tuvieras que partir. Pero así fue… En la mañana te despediste de mi con un gran abrazo, un beso en la mejilla, y un “Adiós… la pase muy rico, pero sabes bien que no se va a repetir, y tu mejor que nadie sabes porque no puedo dejar a mi novio por ti”. Esa parte de la historia no vale la pena contarla. Solo que él siempre sospecho de que tu y yo tuvimos una aventura después de ese día. Y bien sabes, que después de ese día, el no te volvió hacer sentir mujer como tu lo deseabas. Solo nos mirábamos, solo logramos volver a besarnos una que otra vez nuevamente. Hasta que decidí que lo mas correcto era dejarte hacer tu vida. Así fue, te fuiste, encontraste trabajo en otra parte y ya no podía verte todos los días, me curé. Aunque siempre llegas a mi mente cuando alguien llega con tu mismo acento y yo de manera jocosa le pregunto: “Vos sos de Valera?”

FIN.

 

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