Sólo quiero verte bailar (Parte 2)

“Creo que mis dudas se están por aclarar” dijiste riendo y mordiéndote el labio inferior de tu boca.
“¡Ay Dios!” Fue lo que dijiste cuando destapaste  por completo lo que ocultaba mi bóxer.
Lo tomaste con tu mano lo miraste un par de veces con detalle y mirándome a los ojos me dijiste: “Se que quieres que mi boca se lo devoré, pero sabes que no lo haré. ¡Será para que me ahogues!”
Así que te tome por el cabello de forma un poco agresiva. Me quede mirándote fijamente y te dije con voz de seductor: “Simplemente cierra los ojos y déjate llevar, disfrútalo… yo con solo verte ya lo estoy disfrutando.”
Tu sólo te reías y lo mirabas. Y después de unos segundos cerraste los ojos y lo llevaste a tus labios. Empezaste con besos jugosos y sonoros. Después aparecieron algunas lamidas. Hasta que entre sonrisas me decías: “Te vas a quedar con las ganas de que me lo meta completo en la boca”.
“¿Y si te obligó? – dije entre dientes y con maldad.
“Te lo muerdo…”- respondiste.
“Estoy dispuesto a correr el riego, solo por verte haciendo algo que según tu no hacías”
“Si lo hago, pero estas claro que no se le hace a cualquiera…” y justo en ese momento sentí como lo llevaste en segundos de la punta de tus labios a casi tu garganta sin quitar tu mirada de mis ojos. Me hiciste estremecer. Un suspiro invadió mi cuerpo acompañado de un “Dios mio… me quieres matar” que salio de mi boca casi sin pensarlo. Y tu sólo sonreías con satisfacción diciéndome: “Así te quería ver… ya no te vez tan dominante y malote como hace un ratico”.
Verte saborear mi miembro con tanto erotismo hacia volar mi mente y aceleraba mi corazón. Sentir como lo apretabas con fuerza con tus manos mientras tu boca y tu lengua jugaban con gran placer. Mirarte era muy excitante. Tu cara lo decía todo. Pero quería más. Así que tomándote por el cabello te despegue de mi. Y te dije que era mi turno. Ya no soportaba más, necesitaba beber de ti. Te arranque literalmente el pequeño hilo que llevabas puesto. Mi boca no espero ni un segundo en adueñarse de tus jugos. Ver como mordiste tus labios justo en el momento en el que mi lengua se introdujo en tu húmeda vagina fue muy placentero. Tu olor y sabor eran adictivos. Sentir tus uñas clavarse en mi cabeza fue espectacular. Te aferraste de mi cabello controlando cada movimiento, me apretabas cada vez más fuerte entre tus piernas y tus gemidos empezaron a salir. De pronto me tomaste con ambas manos con furia y con algunas malas palabras en tu boca gritaste y gemiste con lujuria. Y jalandome por el pelo me sacaste de allí abajo y me trajiste hacia ti. Mordiéndome los labios dijiste con voz placentera: “Ya quiero sentirte dentro de mi…”
En ese mismo instante complací tu deseo, tu me abriste tus piernas y te acomodaste para darle la bienvenida a mi miembro dentro de ti. Centímetro a centímetro fui penetrándote, muy lentamente, para ti fue una eternidad. Por eso me agarraste de las nalgas y me empujaste hacia ti con fuerza diciéndome: “Coño ya termina de metermelo, que me tienes mal… y quiero sentirte…- dijiste con desespero –
“Coño de madre… que vaina más buena…” dijiste justo cuando te lo introduje casi por completo. Cerraste los ojos y respiraste profundo. Solo disfrutabas del momento. Dejándote llevar por mis movimientos. De pronto clavaste tus uñas en mi piel, recorriendo mi espalda entera y mis brazos. “Se que te encanta, así que no me mires así. Sabes que puedo ser mas mala aún contigo. Se que eso te gusta.” Me dijiste susurrándome al oído. Un escalofrío invadió mi cuerpo y no pude ocultar lo que sentía. Una sonrisa maligna apareció en tu rostro y mordiéndote los labios nuevamente clavaste tus uñas en mi pero esta vez con más fuerza. Yo por mi parte, respondiendo a esto te embestí con intensidad y te tome del cabello y acercando mi boca a tu oído te dije: “No despiertes los demonios que hay en mi si no estas dispuesta a soportar el castigo.”
“Huuuuy si… que miedo” dijiste con una gran sonrisa en los labios y con mirada desafiante. Yo sabía que más que un reto esto significaba la guerra. Tenías que salir de esa cama derrotada por completo. Una batalla nos esperaba esa noche. ¿Cual de los dos saldría victorioso? Esto se convertiría en una demostración de poder, dos almas y dos cuerpos luchando por un mismo fin, demostrarse el uno al otro quien es el amo.

Mis caderas no dejaban de moverse, entrando y saliendo de ti, sintiendo tu calor, tu humedad. Darte más duro era cada segundo más placentero para ti. Me pedías más, que no parará. Querías sentirlo profundo y prolongado. Me dejabas ser el dueño de tu cuerpo. Levante tus piernas a la altura de mis hombros, quería verte, ver tu cara de placer. Tus manos se sostenían de la pared porque yo te embestía tan fuerte que quería pasar a la habitación de al lado. Tu mordías tus hombros y tus brazos en busca de liberar esa tensión. Tu respiración estaba tan acelerada que parecías salida de un gimnasio. Ver como se movían tus senos al ritmo de mis embestidas era muy excitante. Tu abdomen de atleta y esas fuertes piernas me intimidaban. Eso sin nombrar la fuerza que contenían tus brazos. Pero en la cama eras débil. Eras mía. Caíste rendida ante los movimientos dentro de ti, simplemente te dejas llevar. Solo disfrutas, simplemente cerrabas los ojos por instantes y suspirabas. En otros me mirabas fijamente y sonreías o mordías tus labios. El placer invadía mi cuerpo. Las ganas se incrementaban cada segundo. Era como si cada minuto que pasaba te deseaba más y más. Tocar tu cuerpo era mi mayor placer, cada curva de tu piel, cada peca, cada tatuaje.

Mis manos tenían que recorrerte por completo para saciar esas ansias, rozarte con suavidad para erizar tu piel y en otros instantes aferrarme con fuerza para descargar energía. Apretar tus nalgas es la fantasía de todo hombre que te mira, que se deslumbra al verte caminar e imaginar el movimiento de esa porción de tu cuerpo en otra posición. Mis manos se quedan cortas para poder controlar los movimientos de tus posaderas. Por más que intentaba tus caderas tenían el poder suficiente para simular una potra salvaje sin deseos de ser domada. Tu disfrutabas con solo ver mi rostro de impotencia y desesperación. Siempre te ha gustado dejar esa sensación en mi mente. Tus movimientos aunque por instantes eran lentos y profundos, yo sentía que no aguantaría mucho tiempo antes que me hicieras explotar, y cuando acelerabas esos movimiento y tus gemidos y suspiros empezaban a escucharse toda mis energías se concentraban en mi abdomen y en mis manos, aferrándome a ti, a tu pelo y a tus caderas. Deseaba escucharte llegar, pero también debía aguantar la pela que me dabas. Fue justo el instante en que un improperio salio de tu boca casi en secreto. Casi susurrado, cerraste los ojos con fuerza y tu respiración se entrecorto, tu boca se abrió lentamente y por instantes gemías suavemente hasta que te sujete con mi brazo de la cintura y con lo que me quedaba de fuerza me moví con fuerza hacia dentro de ti y con la otra mano te alaba del pelo y mordía tus labios.

Tus piernas temblaban y fue cuando dirigiéndote a mi cuello gritaste un rico: “Coñooooo” largo y tendido acompañado de: “¿Me quieres matar verdad? ¿Qué vaina más buena?” – De allí en adelante solo nos quedamos inmóviles disfrutando el momento. Hasta que en un instante dijiste: “¡Ya va! ¿Y tu no piensas acabar? Porque no sentí que hayas llegado…” Me miraste e inmediatamente fue un reto para ti. Nada difícil, porque recuerdo que llevaste mis manos a mi cabeza para no tocarte y con solo ver tu cara hizo falta solo un par de movimientos de cadera encima de mi para hacer que explotará en un orgasmo profundo e intenso. Tu voz entre dientes diciéndome: “¿Dime si no lo hago rico? ¿Así siempre lo imaginabas en tus fantasías? ¿Te gusta como me muevo? – Solo pude mirarte, sonreír y cerrar mis ojos cuando sentí que me venía dentro de ti, y disfrutar cada una de tus embestidas. Fue lo máximo. Agotaste todas mis energías y quede en la cama sin poder hacer más nada… Quedamos empiernados por el resto de la noche. ¡Vaya que noche!

 

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