Año nuevo, vida nueva…

Primero de enero en la madrugada, todos felices por este nuevo año que comienza. Tu viniste a darme aquel abrazo de feliz año que duró más de la cuenta. Tus labios me hablaban al oído con intención de lamerme hasta el alma. El alcohol había hecho de las suyas ya. Podía sentir tus senos apretados en aquel vestido pegados a mi pecho y vaya que si provocaba apretarte esas nalguitas, pero me contuve por toda esa gente a nuestro alrededor. Pero sabía que ese instante era el inicio de una llama ardiente que se extendería. Ya que minutos después estábamos bailando y brincando con todos, celebrando y despidiendo el año viejo. Tu perfume me traía la mente alborotada. Es que hay aromas que huelen es a sexo y el tuyo era esa mezcla de Amor Amor con tu sudor que me alborotaba las feromonas. Me encantaba cuando me abrazabas y bailabas tan pegada a mi como si quisieras dormirte en mi regazo. ¿Cuántos años habían pasado sin vernos ya? En eso llega ese caballero diciendo: “No me la mallugues mucho” y te volteaste a ver quien era e inmediatamente te lanzaste a sus brazos besándolo con pasión. Allí claramente que era tu pareja. Él me saluda y se presenta solo diciendo su nombre y apellido. Tu terminas diciendo: “Conoce a mi esposo. ¿Por qué tardaste tanto?” – le dijo con voz regañona – “Venga para servirle un trago. Espéreme aquí, no se me vaya que tenemos que seguir bailando.” dijiste sonriéndome con picardía. El caballero se fue con ella tranquilo y relajado. Aunque yo no quedé tan tranquilo. También busqué mi trago y seguí socializando. No tardaste mucho en volver a llegar. Me tomaste de la mano y me llevaste de nuevo a bailar. No puedo negar que bailabas divino. Y que en varias ocasiones hacías que mi erección apareciera. Y lo disfrutabas, porque te pegabas más a mi, mientras yo trataba de que no lo notaras. Me pegabas tu espalda y tus nalgas buscaban alborotartme más. Todo esto sin llamar de más la atención. Recuerdo que nos tomamos un respiro, descansamos y conversamos un largo rato. Te fuiste a acompañar a tu marido y desde lo lejos me mirabas, te mordías los labios cuando me atrapaban tus ojos. ¿Que hacías? ¿Por qué lo hacías? Estabas jugando con fuego…

Nuestras miradas se cruzaban, mi deseo hacia ti se incrementa cada segundo. De pronto veo que le hablas al oído y él me mira. Yo desvío la mirada por un instante, como disimulando. Tú te vienes directo hacia mí nuevamente, pero esta vez como decidida. Me dijiste: “Vente, acompáñame a buscar unas botellas de vino y unas de ron”. Miré hacia donde estaba tu marido y el seguía allí hablando con otros conocidos. Caminamos hasta afuera y te montaste en tu auto, me pediste que me subiera, encendiste y nos fuimos. Mi corazón latía fuerte, mi mente empezó a volar cuando dijiste que iríamos a tu casa un momento a buscar unas botellas. Estábamos como a 10 minutos de allí, abriste el portón eléctrico, metiste el auto y cuando me disponía a bajarme me tomaste del brazo y me tomaste del cabello con tu otra mano. Me besaste profunda y apasionadamente. Te subiste encima de mi y dejaste tus senos al descubierto para que te los besara. Me dijiste: “Pensarás que soy una loca, pero tenía demasiadas ganas de hacer esto desde hace rato, pero tenía que pedir permiso a mi marido.” Mi sonrisa salió entre esos besos que nos estábamos dando con un “¿En serio?” Y tu sonriendo me dijiste: “¿Qué crees que le dije cuando le hablé al oído? Que quería cogerte y que fueras mi primer orgasmo del año. Así que espero no nos defraudes…”
Te bajaste del auto y me llevaste al mueble de la sala, allí te empezaste a desvestir, hasta quedar en solo ropa interior. Yo solo podía admirar tu figura y asimilar aquel instante. Te arrodillaste y abriste mi pantalón, dejando al descubierto mi erección ya un poco húmeda de tanto provocarla. Te la devoraste de inmediato, apretándome duro y llevándotela hasta la garganta una y otra vez. Yo no quería ni preguntar nada. Solo me disfrute aquel momento. De pronto sonó su teléfono. Mi adrenalina aumentó al ver que era una video llamada de tu marido. Y que solo me dijiste: “El solo quiere saber si estoy bien”- Y contestaste allí mismo, arrodillada, sin disimular nada. El hablaba como escondiéndose, escuché clarito cuando te dijo “Quiero verte” y empezaste a darme sexo oral frente a la cámara de tu celular, parecías actriz porno. Lo disfrutábamos mucho los tres…

Aquel encuentro inesperado me dejó sin palabras al ver como tu esposo pedía lo que quería ver a través del teléfono. Podía escucharlo diciéndote que lo hacías rico y que te veías muy divina. Te daba instrucciones como escupirlo, golpear tu cara y atragantarte. Y tu muy obediente cumplas todo al pie de la letra. Más que complacerme a mi, en realidad lo complacías a él. Yo solo era el juguete que usaron ambos para disfrutar de sus perversiones. ¿Me dejas cogermelo papi? – le preguntaste en plena llamada. Y te dijo que no, que solo podías hacerme sexo oral, que para poder cogernos yo debía pedirle permiso a él personalmente. ¿Que locura es ésta? Pensé. Nunca había llegado a ese nivel de complicidad. ¿Pero que podía perder? Ya estaba en el ojo del huracán y mis ganas por devorarte estaban al máximo nivel. De pronto escuché… Espérame allí. Colgó la llamada y tu simplemente sonreíste y dijiste: “Creo que sintió celos por primera vez. No es la primera vez que hacemos esto. Es uno de nuestros juegos de rol favorito. Nos enciende la pasión. No te asustes, solo te advierto que no te alarmes por la manera que me va a tratar cuando pase por esa puerta. Yo soy su hembra y debo obedecerlo. Y tu… Eres mi antojo. Y para poder dármelo debo pagar las consecuencias que esto trae. Solo te pido que me cojas duro, hazme gritar, haz que valga la pena el castigo.” Confieso que quedé sin palabras después de eso. Siento que hasta la erección se me pasó.

Nunca había vivido una complicidad tan abierta como la tuya. Me sentí fuera de foco, no sabía que hacer. Cuando escuché que estacionaba su auto me puse más tenso. Él entró y sin mediar palabra alguna se puso frente a ti y tu te arrodillaste levantando tus manos como dándole una ofrenda.
“¿Qué tanto deseas a este tipo? – te dijo mirándome con algo de rabia y señalandome. Mis nervios empezaron a elevarse y te juro que me asusté. Y más cuando le dijiste sin levantar la mirada: – Mi señor, él es solo un amigo desde hace muchos años y mi cuerpo lo desea. Te pido me permitas disfrutar de él bajo tu permiso.” Yo no sabía ni que hacer. Él sólo me miró fijamente, pensé que me golpearía. Cuando me dijo: “¿La deseas aún?” no sabía que responder, solo pude susurrar: “Es una mujer muy hermosa” y él nos miró a ambos, sus ojos estaban llenos de fuego, celos y rabia. Te juro que ya no me excitaba aquella escena. Ya me daba miedo.
-Dime algo… ¿Haz amado a alguien alguna vez? – me dijo mientras acariciaba a su esposa de forma un poco tosca.
¿Qué haz hecho por amor? ¿Haz complacido a una mujer hasta tus propios límites? ¿Le conoces todas las perversiones, deseos y fantasías?
De pronto te agarró por el cabello te puso frente a mi, te pidió que te pusieras en cuatro y empezó a azotarte las nalgas.
-!Míralo! Hazle saber a este hombre con tus ojos lo mucho que lo deseas.
Las nalgadas cada vez eras más y más fuertes. Tu me mirabas y me decías solo moviendo los labios “Tranquilo, estoy bien”. Pero aquellos castigos parecían que te harían hacer doblegar en cualquier instante. Tu solo cerrabas los ojos y parecías disfrutarlo enormemente. Hasta gritaste: ¡Dame más duro! Lo deseo dentro de mi amo, casi con lágrimas en los ojos. Él se detuvo. Su frente estaba sudada y las gotas caían por su cuello mojando su camisa. Yo solo observaba sorprendido. Ustedes empezaron a besarse con tanta pasión, que sentí ese amor que él te tenía. Se susurraron unas cosas al oído y te levantaste, caminaste hacia mi, tomaste mis manos y las llevaste a tus nalgas para que las acariciara y pudiera ver como habían quedado.
¿Puedes darme más castigo? Me preguntaste frente él.

Sentí que el tiempo se detuvo. Mis manos te empezaron a acariciar y sentía las marcas en tus nalgas. Podía ver algunos puntitos rojos de sangre. Me mirabas a los ojos y empezaste a quitarme la camisa. Él allí inmóvil mirándonos, yo algo confundido al principio. Me quitaste el pantalón y te dedicaste con tus labios a recuperar aquella erección que tan solo unos minutos antes estaba en tu boca. Me pediste susurrando que no lo mirara. Empecé a ignorar su presencia y me concentré en ti. Verte acariciar mi firmeza y rozándola contra tu cara y mirar como saboreabas mi humedad que empezaba a aparecer nuevamente me encantaba. Lo escupías y lamias una y otra vez con cara de pervertida. Sentir como lo llevabas hasta el fondo de tu garganta y te hacía toser y llorar pero no dejabas de disfrutarlo me calentó muchísimo. Llevaste mi erección al clímax. Sacaste un condón me lo pusiste con la boca y me dijiste: “Parteme el culo, que mi vagina es solo de él” y te pusiste en cuatro mirándolo de frente. Tomaste el lubricante y tu misma me preparaste el terreno. Ver tus caderas en posición de guerra, y mirar tu agujero dilatarse pidiendo ser penetrado fue la gloria. Él quería verte disfrutar, tu también lo deseabas y yo… Yo quería comerte desde hace 15 años atrás y ahora era el momento. Mientras iba entrando en tu cuerpo y tus gemidos aparecían mis manos se sumaron al encuentro con nalgadas fuertes y violentas. Tu movías tus caderas contra mí cada vez más fuerte. Una de tus manos me acariciaba las gemelas y te masturbabas el clítoris. Podía escuchar tu humedad chasquear con tus dedos y con el choque de tus nalgas con mi pelvis. Un orgasmo hizo presencia, y tus espasmos y contracciones pusieron tu cuerpo a temblar. Gritabas y gemías. Me pedías más volteando a verme… ¡Duro, dame más duro! ¡Partemelo! Y en eso un squirt hizo presencia mojando todo el piso. Fueron como cinco chorros de placer continuos hasta que tu hombre se acercó… Se la sacó y te la metió en la boca. Tu seguías moviéndote, esta vez disfrutando de dos hombres. Yo ni lo miraba, en un par de minutos él ya estaba acabando en tu boca. Te separaste de mi solo para disfrutar de su semen con tus labios y lengua… 

Verte disfrutar del néctar de tu hombre y ver como chorreaba por tus labios, como lo saboreabas mirándolo solo a él. Con sólo ver tu cara de placer y perversión me excitaba. Disfrutaste cada centímetro de su miembro con tu lengua y tus labios carnosos, él también quedó complacido. Aunque me asusté por un segundo cuando te dio esa cachetada y te dijo: “Ve por más…” volteaste hacia mi cual fiera salvaje, me masturbabas y dabas lamidas a mis gemelas y me pedías que acabara para ti. “Dame tu leche, la necesito, acaba en mi boca” decías con desespero mientras lamias mi ano mientras tus manos mágicas me tocaban con tal tacto que sentía que me harías explotar en cualquier momento… – ¡Dame tu leche puto de mierda! – Me dijiste con lujuria en tus ojos y voz con desespero. Me activaste mi lado oscuro y te agarré por el cabello y mientras me lo mamabas golpeaba tus mejillas con las yemas de mis dedos. Cuando agarrabas aire golpeaba tu cara con mi erección y tu misma saliva la esparcía por tu rostro endemoniado. Me abriste las piernas y después de un rico beso negro te atragantaste con mi miembro, brotando tanta saliva y lágrimas que con solo ver esa cara te dije… ¡Hay viene! Y sin poder hacer nada para evitarlo tus manos mágicas me hicieron explotar en tu boca, mientras uno de tus dedos me fornicaba. Tu mirada de sadomasoquista frente a la mía de perversión se mezclaron en un orgasmo de otra galaxia. Te saboreabas mi néctar cual miel dulce. Algunas gotas cayeron en tus senos y jugabas apretando tus pezones y sonriendo con gran satisfacción. En eso lo miraste a él y le dijiste: “Mi amo y señor, aun no estoy complacida. Le pido me complazca junto a mi invitado de una doble penetración. ¿Me lo merezco? Él se acercó a ti, te beso y te tomó de la mano, llevándote a la habitación principal… Tu sonreíste y me hiciste seña de que los siguiera. ¿Que locura es ésta? ¿Me llevarán a su cuarto? Pensé… Pero sonriendo también me fui con ustedes… Un afamado Trío HMH ? ? ?

Los seguí hasta la habitación y ustedes se besaban cual novios de secundaria. El se tiro en la cama, tu encima de él e inmediatamente pude ver como te penetraba y te dominaba por las caderas. Yo solo podía verlos gozándose uno al otro. Ver tus nalgas rebotar mientras él te las apretaba y las nalgueaba con fuerza. Te agarraba por el cabello, te mordía los senos, los labios, tu lo cacheteabas. Era un juego de dominio. Pasado unos diez minutos dejaste de moverte, te abriste las nalgas y me volteaste a ver. ¡Ven que te quiero aquí! Gritaste mientras untabas de nuevo lubricante mezclado con tu humedad. Me acerque y empecé a penetrarte lentamente. Luego de varias embestidas tomaste el control. Tus movimientos sincronizados, tu dilatación y apretada de ano me hacia sentir que volvería a explotar. Tenías todo el poder de ambos entre tus piernas.
¡Nalgueame duro! ¡Azotame! ¡Que rico se siente ésto! ¡Dame más! ¡Dame duro! Así, así, así, no paren, que divino, que perra soy, dale, dame más fuerte, parteme el culo. Que ricooooooó se siente. Me vengo, me vengo, me vengo, ufff, coño. ¡Muérdeme! ¡Muérdeme! ¡Muérdeme la espalda! Duro, duro, muchas veces, si, así, ¡Muérdeme más! Gritabas mientras tu hombre te mordía los pezones y te besaba. Mis manos me ardían de tantas nalgadas que te di esa noche. Creo que mis dientes quedaron marcados en tu espalda unas treinta veces. Tu orgasmo fue explosivo, nuevamente acompañado de un squirt. Tus uñas estaban bien clavadas en el pecho de tu marido, casi brotaba la sangre de la profundidad del aruño. Ambos disfrutaban del Sado Masoquismo. Quedamos exhaustos. Aunque te confieso algo. Temí por un momento que me amarraran y me azotaran a mi. Pero esa misma adrenalina me mantuvo allí… Disfrutando de esta locura. Me dijiste: “Eso también nos gusta, pero es muy íntimo nuestro, no lo hacemos con invitados. Sólo él y yo. Es demasiado rico. Deberías probar algún día con tu propia sumisa.” allí sonreí y preferí callar, hacerme el novato. Hace mucho que ya no practico el BDSM como estilo de vida. Pero no sería malo revivirlo…

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